Cuando el Dr. Santiago Topelberg Volosky sopló la vela número 80, un sinfín de familiares y seres queridos fueron a celebrar junto a él. Ese día hubo risas y buenas conversaciones, pero fue una escena en particular la que capturó la atención del doctor: En una esquina, Rafaela, su nieta menor de casi 2 años, jugaba y se reía con un globo. “Me hizo tan feliz verla deleitarse con algo que puede parecer tan pequeño y simple. Su carita estaba completamente iluminada”, recuerda.

Para Santiago ese fue el mejor regalo que pudo recibir ese día. Lo fue porque lo hizo retroceder a  su infancia, cuando viajaba al sur en tren a visitar a su padre y se sorprendía al ver que los girasoles durante las mañana miraban hacia un lado y para el otro cuando atardecía.  “Tuve una niñez muy protegida. Nadie nunca me pidió, ni esperó que yo hiciera cosas de adultos. En mi tiempo, no había grandes cosas, ni la tecnología que existe ahora, pero eso nos llevaba a encantarnos con la simpleza. Hasta en el colegio me sorprendía, porque te incentivaban a conocer por tu cuenta. Recuerdo que una vez tuve que investigar sobre la Corfo y para mí no fue una obligación, sino la posibilidad de descubrir algo maravilloso”, indica.

En esa búsqueda incansable por descubrir, llegó la medicina a su vida. Si bien, no recuerda el motivo específico de su elección, si es claro al explicar  por qué optó por su especialidad. “Antes la mayoría de  los profesores eran distantes. Uno se sentía empequeñecido y el saber parecía impenetrable, contrario a lo que estaba acostumbrado durante mi vida escolar. Sin embargo, esto cambió cuando en el quinto año tuve pediatría, el profesor tenía un enfoque distinto, te enseñaba a preparar comidas o mamaderas, hasta los más mínimos detalles”, ese ejemplo fue el que hizo que se encantara con el mundo de la pediatría.

El año 1969, tras 6 años de haber egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, ingresó a trabajar a  la unidad de infecciosos del hospital Roberto del Rio, lugar en donde pudo reafirmar aún más su vocación. “Siempre he tenido empatía con los niños, porque entiendo de que ellos tengan miedo cuando están enfermos, así que siempre he tratado de que no teman. No me gusta verlos tristes ni sufriendo, es como ver a una flor marchita. No hay mayor alegría que verlos recuperados y ver cómo vuelven a florecer con toda esa fortaleza que los caracteriza”, señala.

Aunque nunca le ha gustado dar fórmulas, porque no está de acuerdo con que existan “moldes” para las personas, cuando le piden un consejo para las nuevas generaciones de profesionales él les indica: “Es importante que los niños nos vean, a todos quienes trabajamos para sanarlos, como iguales, que no nos teman, para eso hay que adoptar un lenguaje y una postura corporal que esté a su nivel”, explica.

Y es que para Santiago Topelberg  proteger la infancia es fundamental, y con esto, no solo hace referencia a la infancia entendida en un determinado rango etario, sino también al niño que toda persona lleva en su interior. “A medida de que vamos creciendo, todo se vuelve rutinario y vamos perdiendo la capacidad de encantarnos. Debemos hacer el ejercicio de recuperar nuestro niño interno y maravillarnos todos los días. Por ejemplo, a mí me encanta comer mi ensaladita en cada almuerzo, y siempre la encuentro rica y sabrosa. También me vuelvo a sentir niño cuando viajo y me sorprenden hasta con  los más  pequeños detalles. Creo que si todos viéramos con los ojos de un niño, seríamos muy felices”, enfatiza, ya que al igual que su nietecita Rafaella, el Dr. Topelberg encuentra la felicidad en cada espacio, en cada momento.

¿Qué dicen del Dr. Topelberg?

Entrevista del Diario Institucional «El Nortero» del Servicio de Salud Metropolitano Norte.